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Historias para Niños: El astrólogo y la hechicera


En tiempos ya remotos hubo en Granada un rey moro que se llamaba Aben Habuz. Era muy famoso y también había sido muy temido por todos los soberanos de los reinos vecinos. Siendo joven, llevó una vida de constantes pillajes y carreras, realizando continuas incursiones en los países que rodeaban el suyo, consiguiendo así aumentar sus territorios y acumular innumerables riquezas y tesoros. 

Pero llegado ya a la ancianidad, sólo deseaba vivir tranquilamente, gozando en paz de lo que sus anteriores pillajes le habían proporcionado, y administrando apaciblemente las posesiones usurpadas a sus vecinos. Sin embargo, no podía realizar tranquilamente sus deseos.

Los jóvenes príncipes de los reinos vecinos, hijos de los reyes a los que en años anteriores robara y usurpara tierras y tesoros, se mostraban dispuestos a pedirle cuentas de aquellas fechorías y por eso sus fronteras estaban constantemente amenazadas.

También algunas provincias, las más alejadas de la capital y que no había recibido en herencia de sus padres, sino que las había conquistado y dominado por la fuerza de las armas, estaban siempre dispuestas a rebelarse contra su dominio y obtener de nuevo su propia independencia.

Por todo eso era continua la zozobra y el miedo del anciano rey. Además, como que Granada se halla rodeada por todas partes por agrestes y escarpadas montañas, era imposible advertir la llegada del enemigo, y así Aben Habuz vivía constantemente alarmado y desvelado, y una sola pregunta torturaba día y noche su cerebro:

- ¿Por qué lado llegará el enemigo?

Construyó atalayas en los montes más altos y apostó guardias y vigías por todos los pasos y senderos, con la orden de señalar por medio de hogueras por la noche y columnas de humo durante el día, la proximidad del enemigo.

Pero nada conseguía vencer la audacia y la astucia de sus enemigos. Estos se burlaban de todas aquellas precauciones, surgiendo de improviso por un desfiladero en el que nadie había pensado, o cruzando un monte en el que no existía sendero alguno. Y antes de que el rey tuviera conocimiento de ello y pudiera enviar a su ejército, los enemigos ya habían asolado los campos y regresado de nuevo a las montañas, llevándose consigo un rico botín y también muchos prisioneros por los que después pedirían fuerte rescate.

Aben Habuz estaba cada día más preocupado. Hasta que un día, estando como de costumbre con la vista fija en el horizonte, esperando ver surgir alguna columna de humo que le avisara de un nuevo peligro, le anunciaron la llegada a la corte de un viejo médico árabe, que venía precedido de mucha fama. Se llamaba Ibrahim Eben Abú Ajib y se decía que era hijo del famoso Abú Ajib, el que fue compañero de Mahoma. De niño había marchado a Egipto y allí permaneció largos años completamente dedicado al estudio de las ciencias y las artes, habiendo aprendido también la magia de los astrólogos egipcios.

- Ha descubierto el secreto de prolongar la vida -aseguraban las gentes.

Y añadían que su propia persona era la prueba de esa realidad, asegurando que tenía más de doscientos años. Sin embargo, habiendo descubierto ese secreto cuando ya era anciano, sólo pudo perpetuar canas y arrugas.

Cuando el rey le vio, quedó muy impresionado. Su larga y blanca barba le daba un aspecto majestuoso que infundía respeto, a pesar de los harapos que cubrían su cuerpo, todavía erguido y fuerte. Le ofreció su hospitalidad, rogándole que se quedase a vivir en el palacio. Pero el astrólogo no se encontraba a gusto en aquel palacio, en el que siempre reinaba mucho bullicio, y prefirió ir a vivir a una cueva, situada en la ladera de la colina que se alza como cima de la ciudad de Granada, la misma en la que
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